El cuerpo sin el ancestro: la cultura garífuna, la tierra y lo que debemos

por sayra pinto

17 jul. 2026


En mi reflexión anterior escribí sobre seguir siendo hondureña mientras me convertía en ciudadana de los Estados Unidos, sobre los parientes que me enseñaron a cargar nuestra propia historia y nuestro propio dolor sin intentar convertirnos en otro pueblo, y sobre la continuidad del paisaje que conecta el lugar donde hoy estoy de pie con el lugar donde nací.

Esa continuidad me permite ver una realidad de persecución aquí y una realidad de persecución allá.

Aquí, las comunidades inmigrantes están viviendo bajo un aparato creciente de arresto, detención, traslado, deportación y miedo operado por ICE. Allá, el Escudo de las Américas está consolidando una formación de seguridad dirigida por los Estados Unidos a través de un hemisferio donde las comunidades indígenas y afroindígenas, las personas defensoras del territorio, las mujeres, las personas queer, los movimientos laborales y las personas disidentes políticas ya cargan largas historias de violencia estatal.

ICE y el Escudo de las Américas son estructuras distintas, y las personas que viven sus consecuencias no pueden ser colapsadas unas dentro de otras. Sin embargo, ambas surgen de una lógica política que convierte el movimiento, la diferencia, el territorio y la resistencia en problemas de seguridad y control. Las personas perseguidas por ICE aquí pueden estar huyendo de gobiernos, fuerzas de seguridad, arreglos económicos y formas de violencia fortalecidas allá mediante las políticas de los Estados Unidos. Una persona puede escapar de una configuración de peligro para encontrarse con otra al llegar a los Estados Unidos.

La tierra permanece ininterrumpida y, cada vez más, también el aparato de control.

Este es el contexto hemisférico desde el cual quiero hablar sobre los Garinagu —el pueblo garífuna—, la apropiación de la cultura garífuna y el ataque contra el territorio garífuna en Honduras.

El indulto otorgado por Donald Trump al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández fue mucho más que un acto aislado de clemencia. Hernández había sido condenado en los Estados Unidos a cuarenta y cinco años de prisión por conspirar para importar cocaína y por delitos relacionados con armas de fuego. Trump lo indultó mientras apoyaba públicamente a Nasry Asfura, candidato del Partido Nacional en las elecciones hondureñas de 2025. Asfura fue declarado ganador después de un conteo extraordinariamente cerrado y disputado, y asumió la presidencia en enero de 2026.

La intervención de Trump no actuó por sí sola, pero ayudó a rehabilitar y fortalecer la formación política asociada con Hernández y señaló que el Partido Nacional podía volver a esperar reconocimiento y colaboración por parte de los Estados Unidos.

El mensaje político fue claro para mí: un expresidente condenado en un tribunal de los Estados Unidos por utilizar la autoridad política al servicio de una enorme conspiración de narcotráfico podía ser puesto en libertad cuando su restauración política servía a los intereses de la persona que ocupaba la Casa Blanca.

Este alineamiento renovado se está desarrollando junto con el Escudo de las Américas, una coalición contra los carteles lanzada por Trump en marzo de 2026 con la participación de dirigentes de América Latina y el Caribe, incluido el presidente de Honduras. Su forma institucional une a gobiernos, capacidades militares, fuerzas policiales, servicios de inteligencia y el poder de los Estados Unidos alrededor de una definición compartida de amenaza hemisférica.

Todo escudo debe ser examinado según a quién protege, qué poder fortalece y a quién deja expuesto.

El Escudo no creó la violencia que ya configura la vida en Honduras. Entra en un país con una larga historia de militarización de la vida pública, corrupción, represión de los movimientos laborales y políticos, violencia contra las mujeres y las personas queer, y criminalización de la defensa territorial indígena y afroindígena. El peligro radica en colocar una cooperación de seguridad ampliada en manos de formaciones políticas e institucionales que repetidamente han tratado a las comunidades, los cuerpos y los movimientos como amenazas cuando se interponen ante la extracción o el control.

Para las comunidades garífunas, la expansión del poder estatal de seguridad no llega a un terreno neutral. Entra en territorios donde las personas que defienden la tierra colectiva ya han enfrentado vigilancia, amenazas, criminalización, desplazamiento, desaparición y muerte. Fortalece relaciones con un Estado hondureño que repetidamente ha tratado la autoridad territorial garífuna como un obstáculo para el turismo, el desarrollo privado, la agroindustria, la extracción y el control nacional.

El 6 de julio de 2026, las fuerzas de seguridad del Estado hondureño llevaron a cabo un desalojo violento en el territorio ancestral de la comunidad garífuna de San Juan, en Tela. Según la información proporcionada por OFRANEH, cientos de agentes de la Policía Nacional entraron al territorio utilizando gases lacrimógenos, munición real, amenazas y fuerza excesiva. Al menos cinco personas defensoras garífunas de los derechos humanos fueron detenidas arbitrariamente, y al equipo jurídico de OFRANEH inicialmente se le negó acceso a ellas. El territorio está protegido por una sentencia vinculante de 2023 de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que reconoce los derechos ancestrales de la comunidad y obliga al Estado hondureño a protegerlos.

Esta es una realidad de persecución allá.

También es el contexto político dentro del cual Honduras continúa consumiendo la cultura garífuna.

La apropiación de la cultura garífuna se ha normalizado tanto que muchas personas hondureñas ya no la reconocen como apropiación. El patrón se hizo especialmente visible a través de la Punta.

La Punta es una forma cultural garífuna viva que carga lengua, memoria, sensualidad, cortejo, humor, placer, dolor, inteligencia corporal y relación comunitaria. La lengua, la danza, la música y las tradiciones orales garífunas reúnen elementos indígenas caribeños y africanos y transmiten memoria histórica y conocimiento colectivo a través de las generaciones. Estas tradiciones permanecen vivas porque las comunidades garífunas de Honduras, Guatemala, Belice y Nicaragua continúan cargándolas.

Honduras acogió el ritmo mientras oscurecía al pueblo, la historia y las relaciones territoriales de las cuales surgió.

Ese patrón ahora se extiende a toda la cultura garífuna. La música, la comida, la lengua, la vestimenta, las imágenes, la espiritualidad, los conocimientos, la estética y las formas de vida costeras garífunas son consumidas como cultura nacional, entretenimiento, turismo e identidad. Las prácticas específicamente garífunas son renombradas casualmente como hondureñas. Los restaurantes sirven comidas garífunas sin nombrar su origen. Las celebraciones públicas utilizan música y movimiento garífunas sin reconocer al pueblo que los creó y preservó. El turismo mercadea la belleza de los territorios garífunas mientras las personas que los han sostenido durante generaciones son presionadas, desplazadas, criminalizadas y excluidas de las decisiones sobre sus tierras.

Honduras celebra la cultura garífuna mientras los Garinagu luchan por proteger las condiciones que permiten que esa cultura siga viva.

La estructura se hace visible cuando colocamos una presentación comercializada de la Punta junto a una presentación garífuna arraigada en la comunidad.

En la presentación comercializada, la forma cultural permanece mientras la autoría, la lengua, la ascendencia, la historia, la existencia como pueblo y la autoridad garífunas desaparecen del encuadre. El ritmo y el movimiento quedan disponibles como entretenimiento hondureño generalizado.

Las caderas permanecen mientras el pueblo desaparece.

El movimiento se agranda hasta convertirse en caricatura, y la exhibición sexual se vuelve el significado público dominante de la Punta. La lengua puede permanecer como sonido mientras es separada de la comprensión. El ritmo permanece mientras se eliminan sus relaciones con la ancestralidad, la tierra, la comunidad, el dolor y la obligación.

En la presentación arraigada en la comunidad, la lengua, las voces, los tambores, los cuerpos, la presencia colectiva y la autoridad cultural permanecen juntas. Las personas que se presentan no son disfraces organizados alrededor de un ritmo. Son el pueblo a través del cual vive la música. La belleza surge de la relación: las voces respondiéndose unas a otras, los cuerpos moviéndose con los tambores, la lengua cargando memoria y cada persona permaneciendo dentro de un campo colectivo.

La diferencia está entre la relación y la extracción.

La sensualidad es parte de la vida. El placer es parte de la vida. El cuerpo es parte de la vida. La corrupción ocurre mediante la separación, cuando una forma cultural multidimensional es aplanada hasta convertirse en entretenimiento comercializable y uno de sus elementos es agrandado hasta ocultar el mundo social, ancestral, lingüístico, espiritual y político que le da significado.

La Punta apropiada conserva la excitación y descarta las obligaciones. Toma el cuerpo sin el ancestro, el ritmo sin la tierra, la lengua sin su significado y la belleza sin el dolor.

Esto va mucho más allá de la representación. Es la expresión cultural del mismo proceso colonial que ocurre sobre el territorio garífuna. Produce la costa sin las comunidades, la comida sin el pueblo que la creó, la Punta sin los Garinagu y la cultura sin autoridad.

La apropiación de la cultura garífuna y la toma de las tierras garífunas pertenecen a la misma estructura. En ambos casos, se conserva lo que otras personas desean mientras la presencia política garífuna es tratada como un obstáculo. La cultura es separada del pueblo que la creó. El pueblo es separado de su territorio. Después, la cultura es nacionalizada, comercializada y puesta a disposición del consumo, mientras las exigencias garífunas de tierra, seguridad, gobernanza, autonomía y autodeterminación son tratadas como inconvenientes.

La nación consume la cultura mientras el aparato de seguridad contiene al pueblo.

Esta es la colonialidad en el presente.

Sin embargo, las comunidades garífunas continúan generando el liderazgo necesario para resistir estas condiciones.

El liderazgo garífuna se carga a través de toda la vida comunitaria. Está presente en quienes defienden el territorio, organizan reuniones, preparan alimentos, cuidan a la niñez y a las personas mayores, transmiten la lengua y la memoria, acompañan a las personas durante el duelo, sostienen las ceremonias, resuelven conflictos, documentan violaciones, recaudan recursos, se protegen mutuamente y permanecen presentes a través del peligro, el agotamiento y la pérdida.

Gran parte de este liderazgo recibe poco reconocimiento público. Es ejercido por personas cuyos nombres quizá nunca circulen más allá de sus comunidades, pero cuyo trabajo cotidiano hace posible la continuidad colectiva. Trabajan arduamente dentro de las relaciones a través de las cuales un pueblo sigue siendo un pueblo.

Este liderazgo es cargado con frecuencia por mujeres cuyo trabajo político queda oculto dentro del lenguaje del servicio, el cuidado, el parentesco y la responsabilidad comunitaria. Alimentar a las personas, sostener la confianza, transmitir la memoria, proteger a quienes se encuentran en mayor riesgo, defender el territorio y mantener unidas a las comunidades suelen ser descritos como apoyo al liderazgo cuando son formas de liderazgo por derecho propio.

La visibilidad de ciertas personas puede ayudar al mundo a reconocer un movimiento, pero ninguna persona carga por sí sola a un pueblo. Toda expresión pública de liderazgo surge de un campo más amplio de personas organizadoras, mayores, defensoras territoriales, cuidadoras, docentes, cocineras, sanadoras, trabajadoras culturales y miembros de la comunidad cuyo valor y disciplina quizá nunca reciban el mismo reconocimiento.

El liderazgo garífuna es extraordinario porque las comunidades que viven bajo una presión sostenida continúan generando el cuidado, la inteligencia política, el valor, la relación y la disciplina colectiva necesarios para permanecer presentes como pueblo.

Esto también es borrado mediante la apropiación. Cuando la cultura garífuna es reducida a música, danza, comida, turismo o imaginería nacional, desaparecen las personas cuyo trabajo sostiene esa cultura. El público consume la expresión visible mientras permanece separado del trabajo cotidiano, la lucha política, el liderazgo colectivo y las relaciones que le permiten vivir.

OFRANEH es uno de los hogares políticos colectivos a través de los cuales se sostiene este campo de liderazgo. Trabaja por la autonomía garífuna y por los derechos sociales, económicos, culturales y territoriales colectivos; defiende el territorio ancestral; fortalece las formas ancestrales de gobernanza y autodeterminación; e impulsa la radio comunitaria, la educación bilingüe, la salud, la espiritualidad y el liderazgo de las mujeres y las personas jóvenes.

Las comunidades inmigrantes cargamos una responsabilidad particular en relación con esta lucha.

La migración no nos libera de las relaciones coloniales que heredamos. La distancia de nuestros países de origen no nos da mayor permiso para utilizar las culturas indígenas y afroindígenas como fuentes de identidad, belleza, legitimidad o nostalgia.

Algunas personas salimos cuando éramos niñas sin haberlo elegido. Algunas salieron porque permanecer se volvió económica, política o personalmente peligroso. A algunas se les ha dicho que haberse ido las descalificó de seguir perteneciendo. Estas heridas son reales. No pueden repararse mediante la apropiación.

Con demasiada frecuencia, las comunidades inmigrantes reproducimos en el extranjero la misma extracción practicada por la nación en nuestros países. Vestimos textiles mayas sin relación con las tejedoras y autoridades que los protegen. Consumimos la música, la comida, el movimiento y las imágenes garífunas mientras guardamos silencio ante la toma del territorio garífuna. Utilizamos las culturas indígenas y afroindígenas para expresar de dónde venimos mientras ignoramos a los pueblos vivos cuya autoridad hace posibles esas culturas.

Esto debe terminar.

No necesitamos poseer la cultura garífuna o maya para seguir siendo personas hondureñas o guatemaltecas. Podemos cargar nuestras propias historias, partidas, pérdidas y relaciones nacionales sin convertirnos en otro pueblo. Los parientes que me criaron me enseñaron que el dolor por lo que había sido interrumpido en nuestros propios linajes creaba responsabilidad hacia los pueblos que habían preservado la continuidad colectiva. No creaba ningún derecho a convertirnos en ellos ni a tomar lo que habían protegido.

Las comunidades inmigrantes poseemos formas de poder que pueden ser dirigidas hacia la solidaridad. Tenemos acceso a dinero, universidades, fundaciones, medios de comunicación, personas funcionarias electas, instituciones culturales, mercados y redes internacionales. Enviamos remesas, organizamos festivales, compramos bienes culturales, moldeamos las narrativas públicas e influimos en la manera en que nuestros países son entendidos en el extranjero.

Ese poder debe fortalecer a los pueblos cuyas culturas hemos tratado demasiadas veces como si estuvieran disponibles para nuestro uso.

En lugar de apropiarnos de la cultura garífuna, debemos seguir el liderazgo garífuna y apoyar la defensa del territorio, la lengua, la gobernanza, la seguridad y la vida colectiva garífunas.

En lugar de tratar los textiles mayas como belleza centroamericana generalizada, debemos reconocer a las tejedoras y autoridades mayas como autoras colectivas y protectoras de sistemas vivos de conocimiento. Debemos comprar de manera directa y justa, defender sus derechos intelectuales y culturales colectivos, y apoyar el movimiento que las mujeres mayas han creado para decidir cómo se utilizan sus textiles, diseños, imágenes y conocimientos.

El Movimiento Nacional de Tejedoras Mayas reúne a organizaciones indígenas de toda Guatemala para lograr el reconocimiento de las comunidades mayas como autoras colectivas de sus diseños textiles tradicionales y para desafiar la extracción y comercialización de sus conocimientos sin consentimiento ni compensación. Los textiles mayas contienen una creatividad y un trabajo extraordinarios, pero gran parte de su valor económico es capturado por empresas turísticas, exportadores, minoristas y diseñadores, en lugar de llegar a las mujeres indígenas y a las comunidades cuyos conocimientos los produjeron.

Las tejedoras mayas son autoridades culturales y políticas que cargan conocimiento colectivo. Las personas líderes garífunas son autoridades dentro de comunidades vivas que defienden el territorio, la memoria, la gobernanza y el futuro. Nuestra responsabilidad consiste en mover recursos, acceso, visibilidad y protección hacia ellas sin intentar dirigir, traducir, poseer o reemplazar su liderazgo.

La añoranza del hogar que siente una persona inmigrante no crea un derecho a tomar de los pueblos que permanecieron. Nuestra nostalgia no puede repararse mediante sus culturas. Debe transformarse en responsabilidad hacia su continuidad.

Por eso estamos pidiendo a esta comunidad que pase del reconocimiento a la solidaridad material.

A través del Fondo de Solidaridad de Por Un Futuro Amoroso, estamos recaudando apoyo para OFRANEH y el Movimiento Nacional de Tejedoras Mayas. Estos movimientos cargan el trabajo de la defensa territorial, la continuidad cultural, la autoridad colectiva y la protección de conocimientos que otras personas han consumido demasiadas veces sin responsabilidad.

Pedimos a quienes vivimos fuera de Honduras y Guatemala, especialmente a quienes extraen identidad, memoria, belleza o sentido de pertenencia de las culturas garífuna y maya, que contribuyan generosamente a través del Fondo de Solidaridad de Por Un Futuro Amoroso.

Al realizar su contribución, incluyan una nota indicando que desean que su donación sea dirigida a OFRANEH y al Movimiento Nacional de Tejedoras Mayas. Esto nos permitirá identificar las contribuciones realizadas en respuesta a este llamado y dirigirlas de la manera correspondiente.

Este apoyo no compra acceso, cercanía, permiso, autoridad, control ni reconocimiento. Es un acto de reciprocidad y alianza. Los recursos se moverán en apoyo de las prioridades identificadas por los propios movimientos, sin exigirles que escenifiquen su sufrimiento, traduzcan sus conocimientos o entreguen la autoridad sobre su trabajo.

La alternativa a la apropiación es la relación responsable, el apoyo material y la alianza con la autoridad de los pueblos vivos.

Aquí, ICE gobierna quién puede permanecer, quién puede ser detenido y quién puede ser deportado. Allá, el Escudo de las Américas extiende una lógica de seguridad relacionada a través de gobiernos, fronteras y territorios. Estas estructuras siguen siendo distintas, pero la arquitectura que las conecta se vuelve cada vez más visible. Las personas perseguidas por ICE aquí pueden estar huyendo de condiciones militarizadas allá. Las comunidades que defienden territorio allá pueden enfrentar gobiernos fortalecidos por el mismo país que decide quién tiene permiso para permanecer aquí.

No podemos permitir que las fuerzas de control se coordinen a través de las fronteras mientras los pueblos que viven sus consecuencias permanecen separados unos de otros.

La tierra es contínua. Nuestra responsabilidad también debe volverse continua.

Dejemos de extraer cultura y comencemos a fortalecer a los pueblos que la cargan. Convirtamos nuestra admiración en apoyo material, nuestro dolor en responsabilidad y nuestro acceso en solidaridad.

Celebrar la cultura garífuna exige defender la vida garífuna. Celebrar la vida garífuna exige defender la tierra garífuna.

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