Las fronteras no han quebrado la tierra debajo de mi vida

por sayra pinto

16 jul. 2026


Escribo esto como hondureña y como ciudadana de los Estados Unidos, desde una vida marcada por la migración, la ruptura, la supervivencia, la negativa y una relación con la tierra que las fronteras nacionales han transformado, pero jamás eliminado.

Mi abuela materna, Herminia Pinto, era de Ocotepeque, dentro de un territorio ancestral y vivo del pueblo maya ch’orti’. Sin embargo, no mantuvimos relación con parientes extendidos allí. Ocotepeque llegó hasta mí a través de mi abuela, mi tía Amelia y mi tía Catalina, en lugar de llegar mediante visitas regulares, una extensa red de parentesco o un relato intacto de nuestra genealogía. Lo que heredé fue tanto ubicación como ruptura: el conocimiento del lugar de donde provenía mi abuela, junto con la ausencia de las relaciones y de la continuidad histórica que quizá nos habrían permitido comprender con mayor profundidad cómo se había formado allí nuestro linaje.

Por las circunstancias de la vida de mis padres, nací en el Hospital de Occidente, en Santa Rosa de Copán. Permanecí en Copán durante los primeros tres meses de mi vida porque necesitaba completar los tratamientos médicos prescritos por curanderas locales. Copán fue, por lo tanto, el lugar de mi nacimiento y de mi primera sanación, más que el lugar donde crecí.

Crecí en La Lima hasta los doce años. La Lima, moldeada por la economía bananera, el SITRATERCO, la organización sindical, la migración y el movimiento de personas a través de la costa norte, fue el terreno social y político de mi infancia.

No elegí salir de Honduras a los doce años. De haber dependido de mí, me habría quedado. Mi partida interrumpió una infancia y una relación con el lugar que todavía se estaban formando activamente. Más adelante, una persona hondureña me dijo que yo ya no era hondureña porque había salido del país a los doce años. Sin embargo, salir a esa edad no fue un rechazo a Honduras ni una declaración de pertenencia a otro lugar. Fue un cambio impuesto sobre mi vida antes de que yo tuviera la autoridad para determinar su rumbo.

A los veintidós años tomé una decisión diferente. Elegí salir de Honduras cuando mi vida comenzó a correr peligro debido a mi existencia queer. Esa partida fue un acto de supervivencia. Llevaba consigo el dolor de comprender que el país al cual pertenecía no podía sostener con seguridad la plenitud de quien yo era.

El año pasado encontré otra forma de rechazo. Mi pertenencia hondureña fue cuestionada tácitamente mientras, al mismo tiempo, se esperaba que yo fuera una fuente de apoyo financiero. Se me pedía que siguiera siendo útil para Honduras mientras aceptaba que otra persona pudiera conservar la autoridad de decidir si yo pertenecía a ella.

Elegí irme nuevamente.

Esta vez, partir fue una puesta en práctica de mi derecho a la negativa. Rechacé una relación en la que mi pertenencia podía ser retenida mientras mi trabajo, mis recursos y mi cuidado continuaban disponibles para la extracción. Rechacé la exigencia de demostrar mi hondureñidad mediante mi utilidad, mis contribuciones económicas, mi resistencia o mi exposición al daño.

Un cuerpo como el mío conoce íntimamente las condiciones a través de las cuales la violencia entra en las vidas de las mujeres en Honduras. El peligro no siempre se anuncia abiertamente. Se desplaza mediante el desprecio, la exclusión, el sentido de derecho sobre otra persona, la coerción, las expectativas de género, la puesta a prueba de los límites y la presunción de que una mujer seguirá dando aun cuando su dignidad y su seguridad se hayan vuelto inciertas.

No tengo nada que demostrar.

No tengo que permanecer donde se me disminuye para demostrar mi amor por Honduras. No tengo que tolerar el rechazo para establecer que pertenezco. No tengo que poner mi cuerpo, mis recursos ni mi compromiso político a disposición de personas que cuestionan mi legitimidad mientras esperan mi apoyo.

A los doce años me fui sin haberlo elegido. A los veintidós me fui porque permanecer se había vuelto peligroso. El año pasado me fui porque ya había adquirido la autoridad para reconocer las condiciones que se estaban formando a mi alrededor y negarme a ellas.

Después de tomar esa decisión, contacté a mi tía Yoli por Facebook. Ella había estado presente durante mi nacimiento en el Hospital de Occidente. Cuando supo que mi pertenencia hondureña había sido cuestionada, dijo que cualquiera podía venir a preguntarle. Ella sabía exactamente dónde habían incinerado lo que llamaba mi ombligo —el resto de mi cordón umbilical—, dónde lo habían colocado y de dónde jamás regresaría.

Su afirmación fue complicada, verdadera y amorosa al mismo tiempo.

Ella no le estaba pidiendo a una nación que autorizara mi pertenencia. Me estaba ubicando dentro de un hecho corporal que precedía el juicio de cualquier persona. Algo de mi cuerpo había sido devuelto a la tierra donde nací y había sido colocado allí de manera permanente. Yo podía irme, volver, irme otra vez, convertirme en ciudadana de otro país, negarme a la violencia y proteger mi vida. Ninguno de esos actos podía deshacer el lugar donde mi cuerpo entró al mundo ni el lugar donde una parte de él permaneció.

Sus palabras también contenían la verdad de la ruptura. Aquello que había sido colocado allí no regresaría. Mi relación con Honduras nunca podría volver a ser intacta o sencilla, ni recuperar todo lo que la migración y el peligro habían interrumpido. Aun así, la distancia no convirtió mi origen en ficción. La negativa no borró la relación.

Mi tía Yoli defendió mi pertenencia sin exigirme sumisión. No me dijo que debía permanecer en Honduras, soportar daño, aportar dinero o demostrar mi lealtad. Simplemente nombró lo que sabía. Había estado presente durante mi nacimiento. Sabía dónde había sido colocada una parte de mi cuerpo. Nadie podía revertir esa historia.

Al final del día, sigo de pie sobre la continuidad del paisaje que es el hemisferio occidental. Desde donde estoy ahora, puedo trazar una línea de tierra, sin interrupción por ningún océano, hasta el lugar donde nací. Estoy más al norte, dentro de otro país y de otra vida política, pero sigo sobre el mismo cuerpo continental.

Las fronteras nacionales dividen jurisdicciones, ciudadanías, economías y responsabilidades políticas. No separan la tierra debajo de ellas. No colocan un océano entre mi vida presente y mi comienzo. La línea entre California y Santa Rosa de Copán atraviesa fronteras, pero no abandona el hemisferio ni rompe la continuidad de la tierra.

Una parte de mi cuerpo fue colocada en Copán. El resto de mi cuerpo está ahora de pie en otro lugar sobre el mismo paisaje conectado.

Esto no constituye una reivindicación de propiedad ni un argumento de que las fronteras y las diferencias nacionales carecen de significado. La migración no me removió del terreno más amplio que sostiene tanto mi lugar de nacimiento como mi vida presente. Permanezco dentro de una continuidad hemisférica que precede a las naciones impuestas sobre ella y que excede las categorías mediante las cuales esas naciones deciden quién pertenece.

Mi vida se ha desplazado a través de esa continuidad: de Copán a La Lima, de Honduras a los Estados Unidos y a través de las formaciones nacionales, raciales, culturales y políticas que han intentado decirme qué debía significar cada movimiento. Jamás crucé un océano para entrar en un mundo sin relación con el anterior. Me he desplazado por un paisaje conectado, moldeado por corredores indígenas, el desplazamiento y la reconstitución africana, la conquista colonial, el trabajo, la migración, la resistencia y la creación continua de relaciones a través de las fronteras.

Los parientes que me criaron me dieron las herramientas que necesitaría para vivir dentro de esta complejidad. No nos presentaron como maya ch’orti’ ni me dieron una genealogía completa. Modelaron y exigieron respeto hacia los pueblos indígenas y afroindígenas. Me arraigaron en la historia y el dolor que cargaban nuestros propios parientes sin enseñarme que necesitábamos convertirnos en otro pueblo para reparar lo que habíamos perdido.

Se aseguraron de que comprendiera tanto la belleza que estas comunidades vivían y creaban como el dolor que se les obligaba a cargar. También me enseñaron que las pérdidas vividas entre nuestros parientes —las lenguas que ya no se hablaban, las relaciones interrumpidas con la tierra, el parentesco fragmentado, la migración y las historias que ya no podíamos reconstruir plenamente— no nos otorgaban ningún derecho sobre las continuidades colectivas que otros pueblos habían logrado preservar.

Nuestro dolor no nos exigía convertirnos en otro pueblo. Nos exigía respetar a los pueblos que habían logrado permanecer presentes como sí mismos.

Al enseñarme a respetar a otras personas mientras me arraigaban en la historia y el dolor cargados por nuestros parientes, los parientes que me criaron me dieron las herramientas que necesitaría más adelante para convertirme en ciudadana de los Estados Unidos y seguir siendo hondureña. Me enseñaron que entrar en otra vida nacional no requería abandonar la primera. Podía convertirme en ciudadana de los Estados Unidos sin dejar de venir de Honduras. Podía negarme a condiciones que me pusieran en peligro o me disminuyeran sin negar el país, las personas y los lugares que me formaron. Podía seguir siendo hondureña sin utilizar las culturas de otros pueblos para demostrar la autenticidad de mi pertenencia.

No necesito encerrar la herencia garífuna o maya dentro de mi identidad nacional. Puedo cargar mi propia historia —el amor, la migración, el peligro, el distanciamiento, la supervivencia, el retorno, el dolor y la negativa— sin convertirme en otro pueblo.

Esta formación finalmente me permitió presenciar la existencia de una posición estructural de los Terrenales.

La posición de los Terrenales se forma a través de la convergencia de la continuidad indígena y negra, el genocidio, la esclavización, el despojo, la mezcla colonial, la migración, el trabajo, la resistencia y la herencia europea a través de las Américas. No es otra identidad que asumir ni una reivindicación de pertenencia o autoridad dentro de ningún pueblo vivo en particular. Nombra una posición estructural desde la cual las personas descendientes podemos asumir responsabilidad por las historias que cargamos, respetando al mismo tiempo la autoridad colectiva de los pueblos cuya continuidad permanece viva y diferenciada.

Los Terrenales se encuentran dentro de la continuidad del hemisferio mientras cargan las rupturas creadas a través de él. Las fronteras nos forman sin explicarnos por completo. Podemos cargar varias relaciones nacionales mientras permanecemos responsables ante los pueblos, territorios e historias diferenciadas a través de los cuales el hemisferio continúa viviendo.

Los parientes que me criaron no me dieron la palabra Terrenal. Yo desarrollé ese lenguaje más adelante. Ellos me dieron la formación ética y relacional mediante la cual pude reconocer lo que esa palabra necesitaba nombrar. Me enseñaron que una persona puede cargar varios mundos sin colapsarlos unos dentro de otros. Me enseñaron que la pertenencia no requiere posesión, que la migración no tiene que terminar una relación para que otra comience, que respetar a otras personas no exige el abandono de una misma y que el dolor puede permanecer arraigado en su propia historia en lugar de intentar resolverse tomando de la historia de alguien más.

El origen de mi abuela en Ocotepeque, mi nacimiento y primera sanación en Copán y mi crianza en La Lima ubican mi vida dentro de varios terrenos hondureños distintos. Estas relaciones son reales. No me convierten en maya ch’orti’ ni me conceden autoridad sobre la cultura maya. Fundamentan mi responsabilidad sin concederme posesión.

Sigo siendo hondureña por historia, formación, relación y responsabilidad. También soy ciudadana de los Estados Unidos. Estas relaciones coexisten dentro de un cuerpo que sigue de pie sobre el paisaje ininterrumpido del hemisferio occidental.

Las fronteras han cambiado mi ubicación política. No han quebrado la tierra debajo de mi vida.

La continuidad del paisaje también me permite ver una continuidad del poder. Aquí, en los Estados Unidos, las comunidades inmigrantes viven bajo un aparato creciente de arrestos, detención, traslado, deportación y miedo operado por ICE. Las personas que han criado hij@s, trabajado, construido comunidades y creado vidas aquí pueden ser perseguidas y reformuladas como amenazas mediante el lenguaje administrativo de la aplicación de las leyes migratorias.

Me convertí en ciudadana de los Estados Unidos dentro de una nación capaz de reconocer la pertenencia de una persona inmigrante mientras organiza la persecución de otra. La ciudadanía no me libera de esa contradicción. Me coloca dentro de ella y aumenta mi responsabilidad por lo que este país hace en mi nombre.

Mi derecho a permanecer no puede separarse éticamente del peligro impuesto sobre las personas cuya presencia está siendo criminalizada. La formación que me preparó para convertirme en ciudadana de los Estados Unidos y seguir siendo hondureña también me preparó para comprender que una pertenencia asegurada mediante la exclusión y la persecución de otras personas es incoherente.

Sé lo que significa que un país se vuelva incapaz o se niegue a sostener una vida de manera segura. No puedo aceptar un sistema que obliga a otras personas a demostrar que merecen permanecer mediante la detención, la separación de sus parientes, el miedo, la resistencia o su desaparición de las vidas de quienes las aman.

Muchas de las personas perseguidas por ICE han viajado a través del mismo paisaje conectado sobre el cual estoy de pie. Han atravesado fronteras, lenguas, sistemas políticos y condiciones de peligro, solo para encontrarse con otro aparato que determina si pueden permanecer, si sus parientes pueden continuar junt@s y si sus vidas serán reconocidas como dignas de protección.

Esta es una realidad de persecución aquí.

El mismo paisaje conectado también carga una realidad de persecución allá. Las fuerzas que operan aquí y allá no son idénticas ni están separadas. Se encuentran cada vez más unidas mediante una arquitectura hemisférica de seguridad que gobierna el movimiento, el territorio, la pertenencia y la resistencia a través de las fronteras nacionales.

La tierra debajo de nosotras es contínua, al igual que las consecuencias que se nos pide cargar.

En mi próxima reflexión abordaré la apropiación de la cultura garífuna, el ataque contra el territorio garífuna y el Escudo de las Américas. También pediré a las comunidades inmigrantes que transformemos el poder y los recursos que hemos desarrollado aquí en apoyo material para OFRANEH y el Movimiento Nacional de Tejedoras Mayas.

El futuro del hemisferio estará determinado, en parte, por si permitimos que las fuerzas de control se coordinen a través de las fronteras mientras los pueblos que viven sus consecuencias permanecen separados unos de otros.

La continuidad nos pide algo distinto.

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