Vivir en condiciones de guerra de baja intensidad

POR sayra pinto

25 ene. 2026


Estamos viviendo el despliegue intencional de una guerra de baja intensidad. Con esto me refiero a una modalidad de gobierno y control en la que la presión se aplica de forma continua, pero por debajo del umbral de una guerra formal o de una emergencia declarada: ningún evento individual exige una respuesta inmediata, pero la tensión se acumula con el tiempo. La guerra de baja intensidad opera fragmentando la atención, acelerando la demanda, normalizando la inestabilidad y dispersando el daño, de modo que la responsabilidad resulta difícil de ubicar y la rendición de cuentas permanece difusa. Está diseñada para agotar más que para confrontar, para adelgazar el sentido más que para clarificarlo, y para mantener a las poblaciones adaptativas en lugar de orientadas.

Esta estrategia tiene una larga historia. La guerra de baja intensidad surgió como una doctrina militar y política formal a mediados del siglo XX, particularmente en contextos de contrainsurgencia e imperiales, donde el objetivo no era una victoria decisiva sino la inestabilidad prolongada: mantener a las poblaciones fragmentadas, adaptativas e incapaces de consolidar poder o de exigir cambios estructurales. Con el tiempo, sus lógicas se desplazaron más allá de los campos de batalla hacia la política económica, los sistemas de información, la seguridad pública y la gobernanza, dando forma a la vida cotidiana sin ser nombradas como tales.

Esto no es una metáfora ni una condición accidental. Es una estrategia que opera manteniendo la presión constante pero difusa, sin llegar nunca al umbral que exigiría reconocimiento, reparación o una rendición de cuentas colectiva. No hay una sola línea de frente ni pausas claras. La tensión se distribuye a lo largo de la vida cotidiana, las instituciones y las relaciones, lo que dificulta nombrar el daño a medida que se acumula o determinar dónde debería recaer la responsabilidad.

Estas condiciones no me resultan abstractas. Me recuerdan al entorno en el que crecí: un contexto donde la inestabilidad estaba normalizada, donde las personas aprendían desde temprano a mantenerse alertas y adaptativas, y donde la responsabilidad se cargaba en silencio porque no existían expectativas reales de protección o apoyo. Lo que hoy me resulta familiar no es solo el nivel de disrupción, sino la forma en que esta se instala en la vida diaria y comienza a moldear cuánto descanso, rechazo o claridad las personas sienten que se les permite.

La guerra de baja intensidad también crea condiciones ideales para la extracción a lo largo de todo el espectro político. Cuando las personas están cansadas, moralmente comprimidas o crónicamente abrumadas, se vuelven más fáciles de movilizar, monetizar, polarizar e instrumentalizar, a menudo en nombre de causas que les importan profundamente. En estas condiciones, la urgencia reemplaza al juicio, la reacción sustituye a la interpretación y se les pide a las personas que entreguen más de lo que pueden sostener de manera continua.

Uno de los desplazamientos más significativos de este momento es que la seguridad psicológica interna y social ya no está siendo producida por el Estado ni por las instituciones de forma confiable. Ese trabajo está recayendo cada vez más en individuos, familias y comunidades. A esto nos referimos en el Futurismo Poético cuando hablamos de desplazamiento de consecuencias.

Desarrollar la capacidad de permanecer orientadas, emocionalmente ancladas y en relación bajo presión se ha convertido en una responsabilidad compartida que debemos practicar y transmitir conscientemente. Enseñar a jóvenes, niñas y niños a cultivar coherencia interna, seguridad relacional y discernimiento no es opcional; es una habilidad esencial para vivir en una época de aceleración y adelgazamiento del sentido.

También quiero ser explícita respecto a mi relación con este país. Mi amor por los Estados Unidos no es producto del partidismo ni de la ingenuidad. Es el resultado de la experiencia vivida: de saber lo que significa vivir sin derechos, sin protección y sin ningún recurso real, y de elegir, deliberadamente, pertenecer a una democracia constitucional que afirma tanto la libertad como la responsabilidad. Como ciudadana naturalizada, valoro profundamente los derechos que otorga la Constitución de los Estados Unidos y los defenderé hasta mi último aliento.

Este no es un momento para la ambivalencia respecto a nuestro poder como pueblo, ni respecto a la fuerza de nuestra ciudadanía, tanto a nivel nacional como internacional. Nuestra fortaleza reside en nuestra capacidad de relación, de comunidad y de responsabilidad colectiva, y en los principios democráticos que nos piden sostener la libertad y la responsabilidad juntas. Creo que estaremos a la altura de estos principios, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Sostenernos en estas condiciones requiere algo distinto de la urgencia o la resiliencia. Requiere coherencia—la capacidad de permanecer orientadas frente a lo que está ocurriendo—y continuidad—la capacidad de llevar sentido, relación y responsabilidad a lo largo del tiempo sin fragmentarnos ni endurecernos.

Algunas orientaciones que ayudan a sostener la coherencia y la continuidad en el tiempo:

  • Cuidar el ritmo. La guerra de baja intensidad erosiona manteniendo a las personas levemente abrumadas todo el tiempo. Proteger la coherencia suele implicar elegir un ritmo más lento que el que se nos exige, incluso cuando eso resulta contracultural.

  • Diferenciar responsabilidad de exposición. Estar al tanto de lo que ocurre no significa ser responsables de todo ello. La coherencia se fortalece cuando tenemos claridad sobre lo que nos corresponde cargar y lo que no.

  • Mantener relación con el sentido. Cuando los acontecimientos se aceleran, el sentido suele ser lo primero que se adelgaza. Permanecer en relación con lo que importa—mediante la reflexión, la conversación o la práctica creativa—es estabilizador, no indulgente.

  • Proteger la memoria. Estas condiciones fomentan el olvido como estrategia de supervivencia. La continuidad depende de recordar lo que ya ha ocurrido, lo que ya se ha aprendido y los patrones que se repiten.

  • Practicar el rechazo sin retirarse. Rechazar no implica desconectarse. Puede ser una forma de permanecer presentes sin ser consumidas, eligiendo límites que hagan posible seguir en relación.

  • Hacer lugar para el deleite. El deleite no es una evasión de estas condiciones; es una práctica que sostiene la vida dentro de ellas. Experimentar belleza, placer, risa o ternura restaura capacidad, interrumpe la extracción y nos recuerda que somos más que aquello que se nos exige.

Nada de esto resuelve las condiciones en las que estamos. Pero puede reducir su impacto, prevenir el colapso o el entumecimiento, y hacer posible seguir comprometidas a lo largo del tiempo sin quemarnos ni desaparecer.

Si algo de esto nombra algo que has estado cargando sin palabras, ese reconocimiento en sí mismo importa. Es una de las maneras en que la coherencia comienza a restablecerse, incluso en medio de una tensión sostenida.

Seguiré compartiendo reflexiones como esta como una forma de ofrecer orientación—apoyo para mantenernos íntegras y en relación—en un momento que nos está pidiendo mucho.

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