Sobre el asesinato de Alex Pretti y lo que revela
POR sayra pinto
2 feb. 2026
Quiero nombrar algo que el asesinato de Alex Pretti a manos de los agentes federales Jesus Ochoa y Raymundo Gutierrez vuelve imposible de ignorar.
No se trató únicamente de un acto de violencia estatal. Fue también un momento de clarificación sobre el ordenamiento interno del poder dentro de la categoría “latino”.
Las personas que dispararon y la persona asesinada no comparten la misma posición racial o étnica. Alex Pretti no era latino. Sin embargo, los agentes, las instituciones involucradas y la interpretación pública de este hecho están siendo leídas a través de esa categoría —y esa lectura importa.
Lo que esto revela no es una falla moral individual, sino una realidad estructural: “latino” no es una posición compartida de seguridad ni de poder. Es una categoría administrativa que contiene una jerarquía —una jerarquía que ordena a las personas según su proximidad al Estado, su estatus legal, su rol, su tono de piel, su posición de clase y su alineación con aparatos de control y coerción.
En momentos como este, esa jerarquía se resuelve de forma inmediata.
Por eso Terrenales importa como lente. Terrenales nombra una posición hemisférica formada por la ruptura histórica —por la esclavización, el genocidio indígena, el desplazamiento y las continuidades forzadas en las Américas. No es una identidad cultural ni una reivindicación moral. Es una ubicación estructural formada a partir de la exposición, no de la protección. Nuestra complejidad —histórica, racial, política y relacional— requiere el nombramiento de la realidad Terrenal, porque sin ella caemos en categorías aplanadas incapaces de explicar cómo opera realmente el poder.
Terrenales también importa porque nombra la condición mayoritaria dentro de la categoría “latino”. La gran mayoría de las personas etiquetadas como latinas son Terrenales: personas cuyas vidas han sido moldeadas por la ruptura, la migración, la extracción laboral y el despojo. Sin embargo, casi no tienen representación alguna entre quienes públicamente “comparten” la etiqueta, dirigen organizaciones latinas, o definen narrativas institucionales. Tampoco están representadas en las instituciones dominantes en general. Esta ausencia no es accidental; es estructural. Explica cómo decisiones que afectan a las mayorías se toman sistemáticamente desde y para los sectores más protegidos dentro de la categoría, mientras quienes están más expuestos permanecen invisibilizados y sin voz.
Terrenales nos permite ver lo que la categoría “latino” suele ocultar: que algunas personas son colocadas repetidamente en posiciones de desechabilidad para que otras puedan ser absorbidas hacia arriba dentro de la autoridad. Hace visible cómo el poder estatal recluta desde dentro de comunidades racializadas mientras mantiene un orden interno sobre quién es protegido y quién es interrumpible.
También hay un patrón histórico más largo que debe ser nombrado. La conciencia de la función del capataz (overseer)proviene de la historia negra —de generaciones de análisis forjados bajo la esclavitud, Jim Crow y la policía moderna. El capataz no es una identidad ni un juicio moral; es un rol estructural creado por sistemas de dominación: un intermediario reclutado desde dentro de una población expuesta, al que se le concede una protección condicional a cambio de ejercer autoridad hacia abajo en lugar de cuestionar el poder hacia arriba. Nombrar este linaje importa porque nos recuerda que estas dinámicas no son nuevas ni accidentales: son tecnologías heredadas de control.
Esta realidad suele ser tergiversada a lo largo de todo el espectro político. La derecha tiende a universalizar la violencia —colapsando las acciones de individuos o instituciones en afirmaciones sobre grupos enteros, utilizando el daño para justificar el miedo, el castigo o la exclusión. La izquierda, en cambio, suele moverse hacia la absolución —aplanando la complejidad para preservar un marco moral que no puede sostener jerarquías internas, reclutamiento ni funciones coercitivas dentro de comunidades racializadas. Ninguna de estas caracterizaciones es correcta. Ninguna es apropiada. Y ninguna es conducente a los cambios necesarios para enfrentar la realidad que vivimos ni para construir un futuro compartido basado en la responsabilidad y no en la negación.
Quiero ser explícita sobre por qué ofrezco este análisis. Gran parte del comentario público que circula en este momento expresa una indignación legítima, pero carece de comprensión sobre cómo operan estas dinámicas en la práctica. Muchas personas no han vivido dentro de condiciones de exposición y desechabilidad, ni han sido testigos, a corta distancia, de cómo la violencia se produce, se justifica y se normaliza tanto en las comunidades como desde el Estado.
En mi trabajo de intervención en pandillas, he sido directamente impactada, señalada y puesta en riesgo. He sido testigo de una violencia profunda —violencia ejercida por pandillas y violencia ejercida por fuerzas policiales, incluyendo agentes que operan muy por fuera de cualquier rendición de cuentas. Esa proximidad me ha enseñado cómo circula el poder coercitivo, cómo se recluta internamente y cómo se decide qué vidas son protegidas y cuáles son tratadas como prescindibles. Esa experiencia no está separada de este momento. Es parte de cómo reconozco el patrón cuando aparece.
Frente a este tipo de violencia, la comunidad es la fuerza que nos estabiliza. No como sentimiento, sino como infraestructura. La comunidad sostiene la coherencia cuando las narrativas se fracturan. Sostiene la continuidad cuando las instituciones escalan el daño. Es donde el significado se estabiliza cuando el miedo, la indignación o el silencio amenazan con imponerse.
Por eso quiero ofrecer algunas sugerencias concretas mientras atravesamos este momento —especialmente a medida que patrones conocidos comienzan a reaparecer:
Resistir la patologización de las comunidades latinas. No colapsar la violencia estructural en relatos sobre “malos actores”, deficiencia cultural o disfunción interna. Ese movimiento oculta el poder y redirige la culpa hacia abajo.
Rechazar narrativas esencializadas sobre ICE o la aplicación de la ley. Evitar presentar la situación actual como anómala, malentendida o reducible a un solo incidente. Lo que estamos viendo es un patrón, no una excepción.
No confundir representación con rendición de cuentas. La presencia de agentes latinos no mitiga la violencia; con frecuencia la estabiliza. Mantener el foco en las estructuras, no en las apariencias.
Evitar el silencio como estrategia de afrontamiento. Callar para “pasar el momento” puede sentirse protector, pero permite que la incoherencia se asiente y que el daño se normalice.
Para la clase profesional latina y el sector del cambio social:
Si ocupas posiciones de acceso institucional, credenciales o autoridad narrativa, resiste la tentación de suavizar la violencia en nombre de la unidad, el pragmatismo o la seguridad profesional. No actúes como amortiguador que traduce el daño en un lenguaje aceptable para las instituciones. Usa tu posición para clarificar el poder, mantente responsable ante la comunidad y no hacia arriba, hacia los sistemas, y rechaza el silencio como estrategia profesional.Para quienes se identifican con la izquierda:
Resiste la tentación de desear que esta violencia encaje en un relato más simple —uno en el que el daño solo circula a través de cuerpos blancos y nunca a través de cuerpos racializados. La violencia estatal no requiere blancura para operar; requiere autorización, aislamiento y legitimidad. No minimices, desvíes ni excepcionalices este momento para preservar comodidad ideológica. Permite que el análisis se profundice en lugar de retroceder.Mantente cerca de la comunidad. Escucha, sostén lo relacional y deja que la construcción compartida de sentido guíe la acción, no la reacción. La coherencia emerge a través de la conexión, no del comentario.
Esto es difícil de nombrar porque a menudo se nos enseña a recurrir a un lenguaje de unidad en momentos de daño. Pero la retórica de la unidad se derrumba cuando se ejerce la fuerza. Lo que queda es la necesidad de claridad, relación y responsabilidad.
Comparto esto no para provocar acuerdo, sino para ayudarnos a mantenernos orientados. Si no podemos nombrar cómo el poder nos ordena —incluso dentro de categorías compartidas y de historias complejas— no podremos responder con coherencia al momento que estamos viviendo.
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